El desarrollo inteligente puede ayudar a generar beneficios en materia de empleo y clima

El desarrollo inteligente parte de una premisa poderosa: las inversiones que los países y las empresas realizan para atender necesidades de desarrollo persistentes —como construir caminos, producir alimentos, gestionar residuos o conectar a las personas— también pueden generar resiliencia y reducir las emisiones. Cuando están bien diseñadas, estas inversiones duran más tiempo, funcionan mejor y crean mayor valor. En última instancia, todo ello sienta las bases para la creación de empleo y el crecimiento sostenible. Si se hace bien, no es una disyuntiva; es un factor multiplicador.

A estos efectos adicionales de nuestro financiamiento para el desarrollo los denominamos “cobeneficios climáticos”: son los componentes de los proyectos de desarrollo que ayudan a asegurar que estos últimos sean adecuados para su fin en un clima cambiante y que utilizan tecnologías y eficiencias para reducir las emisiones.

Los cobeneficios climáticos no son la principal razón por la que los países o las empresas invierten recursos escasos en un proyecto, pero ayudan a garantizar que esos fondos se utilicen de manera fiscalmente sólida, eficiente y duradera. Algunos proyectos concentran una gran proporción de cobeneficios climáticos, por ejemplo, el apoyo a un mecanismo de microfinanciamiento que provee liquidez para inversiones en agricultura sostenible y, al mismo tiempo, contribuye a gestionar los riesgos de inundación. Otros pueden tener un porcentaje menor (a veces inferior al 10%) focalizado en la resiliencia, como una inversión en un parque industrial que incluye la mejora de las rutas de acceso en zonas propensas a inundaciones.

En el último año fiscal, el Grupo Banco Mundial movilizó US$50.800 millones en financiamiento para el desarrollo con cobeneficios climáticos, incluidos US$33.000 millones que ayudaron a reducir las emisiones de los proyectos. Aunque la energía renovable suele ser lo primero que viene a la mente, solo el 17% de esos US$33.000 millones respaldó la generación de este tipo de energía. El panorama completo es mucho más amplio, pues revela cómo el desarrollo climáticamente inteligente llega a todos los sectores fundamentales del desarrollo. No es una cuestión de “o una cosa o la otra”.

El desarrollo inteligente crea resiliencia física. En el transporte, eso puede significar construir carreteras capaces de resistir inundaciones, cambiar el transporte de carga de los camiones al ferrocarril y reemplazar los autobuses que funcionan con diésel a autobuses eléctricos. En la agricultura, puede traducirse en invertir en semillas resistentes al calor —para que una ola de calor no destruya una cosecha— y ayudar a los agricultores a producir más arroz con menos agua. El desarrollo inteligente también fortalece los sistemas de educación y salud —por ejemplo, escuelas y hospitales con aislamiento, refrigeración y estructuras resistentes a las tormentas— para que los servicios esenciales sigan operando cuando sucede un desastre.

He aquí algunos ejemplos de cómo este enfoque ya está dando resultados. En la India, un proyecto respaldado por el Banco Mundial permite a los agricultores en Maharashtra aplicar prácticas resilientes frente al clima en 12,5 millones de hectáreas. A través de más de 37.000 escuelas agrícolas y el despliegue de tecnologías resilientes, la iniciativa beneficia a más de 1,3 millones de pequeños productores mediante servicios digitales y efectos multiplicadores en los rendimientos y los ingresos.

En Malawi, un programa social de transferencias monetarias ha brindado apoyo de emergencia a casi 300.000 hogares durante episodios de sequías, contribuyendo a proteger la seguridad alimentaria y a acelerar la recuperación frente a las crisis.

En Brasil, el apoyo del Grupo Banco Mundial para el sector de agua y saneamiento ha fortalecido la seguridad hídrica, ampliado el acceso, reducido las pérdidas y movilizado inversión privada. Hoy en día, más de 3 millones de personas en São Paulo cuentan con mejor acceso a servicios de abastecimiento de agua y recolección de aguas de alcantarillado, y más de 1 millón han obtenido acceso a servicios de tratamiento de aguas residuales, al tiempo que se reducen las emisiones y se apoya la biodiversidad del país.

Estas inversiones generan resultados importantes: los proyectos activos hasta fines de junio de 2025 han ayudado a 136 millones de personas a fortalecer su resiliencia frente a los riesgos climáticos, y a 208,8 millones a mejorar su seguridad alimentaria y nutricional. En ese mismo período, el Grupo Banco Mundial ha ampliado el acceso a la energía para 214 millones de personas y mejorado la gestión de 92,7 millones de hectáreas de zonas terrestres y acuáticas. Se espera que estas intervenciones reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero en 331,8 MtCO2e anuales.

Estos avances son alentadores, pero los desafíos son enormes. Las sequías, las tormentas y las inundaciones son cada vez más frecuentes e intensas. En los mercados en desarrollo, millones de jóvenes están alcanzando la edad adulta y necesitarán empleos para mantener a sus familias e impulsar el crecimiento futuro. Superar estos retos exigirá inversiones en infraestructura básica resiliente —carreteras; energía; acceso digital; aire, tierra y agua limpios, y sistemas de salud—, junto con reformas normativas y regulatorias necesarias para movilizar capital privado a gran escala. Nosotros, en el Grupo Banco Mundial, estamos ayudando a impulsar estas prioridades mediante la aplicación del enfoque del desarrollo climáticamente inteligente.

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